|
Cuenta una leyenda urbana que al principio de los años noventa corrió por todos los mentideros literarios de Madrid, que el célebre don Camulo José Cela- homófobo reconocido y militante-, al término de las votaciones para la elección de un nuevo académico, en la que había resultado ganador un conocido escritor y hombre de teatro, profirió furioso, en su más elegante estilo gallego-británico. ¡Aquí no entra ni un maricón más¡ En efecto el nuevo académico era homosexual y lo de ni uno más se refería a que ya había en la venerable y casi tricentenaria institución, al menos tres gays más o menos reconocidos públicamente y alguno que otro armarizado bajo el amparo del matrimonio. Desde que en 1713 el marqués de Villena, fundara la noble Institución habrán pasado por sus vetustos sillones varias decenas de homosexuales, todos admitidos en su doble vida por las convenciones sociales de cada época. Su fin simplificado es “limpia, fija y da esplendor” hizo que la Institución que en 1714 Felipe V tomó bajo su “amparo y Real Protección” lo que hizo que siempre se situara en una línea más bien conservadora hacia cualquier cambio. La incorporación de nuevas voces y palabras siempre se ha hecho con la máxima prudencia y a veces de espaldas por completo con la lengua viva a través de las sucesivas ediciones de su Diccionario. Este conservadurismo ha tenido consecuencias en la evolución histórica de la Academia. Hasta 1978, con el nombramiento de Carmen Conde, lesbiana fuertemente armarizada, sólo una mujer había alcanzado el rango de académica, doña María Isidra de Guzmán y de la Cerda, en 1784. Fue la primera mujer en el mundo en llegar tan alto en el escalafón académico. Ahí se acabó el vanguardismo de la Academia Española por vario siglos. Después de Carmen Conde sólo una escasa presencia de mujeres ha ingresado en la Española. Con los homosexuales pasó algo parecido. Haberlos los hubo, pero en silencio y camuflados. Ya en el siglo XX uno de los autores de teatro más populares, don Jacinto Benavente, homosexual casi público, fue elegido Académico de la Lengua en 1912. Se sabe de otros gays del siglo pasado, que más o menos era conocida su homosexualidad, aunque sólo para minorías entendidas. Es el caso del Premio Nobel Vicente Aleixandre, de Carlos Bousoño, Francisco Brines, Francisco Nieva, de Alvaro Pombo... Sólo con la estadística en la mano puede hacer una aproximación al número de académicos homosexuales que ha habido a lo largo de la historia. Por esto y por otras posturas la Academia Española ha sido a veces objeto de críticas por su posición extremadamente conservadora. Durante el largo mandato de Don Dámaso Alonso- reconocido homófobo militante – los homosexuales que tuvieron acceso a la Academia fueron varios pero se mantenía oculta su condición sexual. En el mandato de don Víctor García de la Concha- ex jesuita y extremadamente conservador, que es director desde 1992 los cambios sociales han sido tantos y tan acelerados que la Academia ha ido siempre detrás de la realidad. En lo sexual también. La última edición de su Diccionario es de 2001. La próxima será en 2013. Pero en 2006 apareció el Diccionario esencial, puente entre estas dos ediciones. En 2006 ya se había aprobado la reforma del código civil que legalizaba el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. La Academia lo ignoró. Como sigue ignorando otra larga serie de vocablos que ya no significan lo que el Diccionario dice que significan: Homosexual- que vincula con la pederastia- transexual- vinculado a la hormonación y la cirugía-, pederastia- sólo referido al género masculino-, bisexual- que identifica como hermafrodita, y un amplio abanico de otras voces y conceptos- como sodomía, puto- que continúan siendo peyorativos y obsoletos, pero que la Academia sigue sin modificar. Por no hablar de la terminología que veja a las mujeres. Las feministas han protestado numerosas veces. Los colectivos homosexuales y los lobys de presión gays- que no sé si es verdad que existen, yo desde luego no pertenezco a ninguno- han conseguido que la Española lo tome en consideración. De cualquier forma es un ejemplo más de la homofobia soterrada que subyace en los ambientes más inverosímiles. Por ejemplo en el mundo editorial. Tengo noticias de la cada día homofobia más furiosa de una conocida mujer que ocupa un puesto de gras relevancia en un importante grupo editorial. La conozco hace varias décadas, cuando era la chica de los recados y le hacía la pelota a los escritores gays más comerciales de España. Ahora parece que no sólo se atreve a corregir, vetar y trabajar en contra de algún que otro escritor gay de su propia editorial- con un enorme prestigio y uno de los escritores homosexuales de España más reconocidos, sino que hace que sus esbirros hagan el trabajo sucio a través de sus muchos canales de manipulación. Y eso en el mundo supuestamente culto de la literatura. ¿Qué no será en otros ámbitos? José Infante
http://www.fotolog.com/afor_visuales2 |